Este 26 de febrero, en el aniversario de su nacimiento, la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa celebró una misa en la Iglesia Catedral para recordar a Enrique Shaw, empresario argentino cuya vida continúa siendo faro para el mundo empresarial y eclesial.
Nacido el 26 de febrero de 1921 en París, e inscrito luego como argentino en Buenos Aires, Shaw vivió desde pequeño el dolor —a los cuatro años perdió a su madre— y la profundidad de una formación cristiana que marcaría toda su existencia. Alumno destacado del Colegio De La Salle, ingresó a los 14 años como cadete en la Escuela Naval de Río Santiago. Allí comenzó a gestarse una vocación singular: llevar la Doctrina Social de la Iglesia al corazón del mundo empresarial.
Casado con Cecilia Bunge y padre de nueve hijos, Shaw entendió la empresa no solo como ámbito productivo, sino como comunidad humana. Tras formarse en Estados Unidos en procesos industriales del vidrio, regresó al país para trabajar en Cristalería Rigolleau, en Berazategui, donde llegó a ocupar altos cargos directivos.
En 1952 fue primer presidente y miembro fundador de ACDE, organización nacida del compromiso de empresarios católicos que buscaban integrar fe y responsabilidad social. Desde allí impulsó el diálogo social y fue uno de los principales promotores del Salario Familiar, convencido de que el trabajo debía permitir una vida digna especialmente a quienes formaban familia.
Su liderazgo quedó marcado por gestos concretos: en 1961 viajó a Nueva York para evitar el despido masivo de trabajadores dispuesto por la casa matriz de Corning Glass Works, logrando revertir la medida. Cuando enfermó, más de doscientos empleados donaron sangre voluntariamente, reflejo del vínculo humano que había sabido construir.
También colaboró activamente con el nacimiento de la Universidad Católica Argentina, integrando su primer Consejo de Administración.
En el plano eclesial, su figura adquirió dimensión universal cuando el Papa Francisco impulsó su causa de beatificación durante su etapa como Arzobispo de Buenos Aires. El Vaticano lo declaró Venerable al reconocer sus virtudes heroicas, acercándolo a los altares y proyectándolo como posible primer santo empresario del mundo moderno.
El milagro que abrió el camino
El milagro atribuido a Enrique Shaw, ya reconocido como “venerable siervo de Dios”, está vinculado a una curación que la Iglesia considera científicamente inexplicable.
Un niño de seis años sufrió un grave accidente al recibir una patada de un caballo que le provocó un severo traumatismo de cráneo. El pequeño quedó inconsciente y, debido a la gravedad del cuadro, debió ser trasladado en avión para recibir atención médica especializada.
En ese contexto crítico, sus padres —ligados a ACDE, institución fundada por Shaw— recurrieron a la oración y pidieron su intercesión. Contra todos los pronósticos, el niño mostró una recuperación rápida y completa, sin que los médicos pudieran encontrar explicación científica para la evolución favorable del caso. En poco tiempo volvió a su vida cotidiana, un hecho clave para el reconocimiento del milagro y el avance del proceso de beatificación.
La importancia de Enrique Shaw en la Iglesia radica en haber demostrado que la santidad no es ajena a la vida económica. Su testimonio encarna la Doctrina Social de la Iglesia vivida en la práctica: empresa con rostro humano, autoridad como servicio y rentabilidad integrada al bien común.
En tiempos donde el mundo empresarial enfrenta cuestionamientos y desafíos éticos, su legado propone una síntesis poderosa: fe profunda, compromiso social y liderazgo con conciencia.






