Los valores belgranianos no se oxidan. En tiempos de polarización, la bandera vuelve a mostrarnos un rumbo común.
Por Miguel J. Culaciati
En tiempos de inteligencia artificial, aceleración y polarización, los valores humanos que inspiraron a Belgrano siguen siendo un faro. No envejecen. Hay una paradoja que atraviesa nuestro tiempo: nunca estuvimos tan conectados y, al mismo tiempo, pocas veces resultó tan difícil el encuentro. La tecnología avanza, transforma nuestra vida y las redes sociales multiplican voces y opiniones. Sin embargo, mientras ganan terreno esas herramientas de conexión, también crecen la fragmentación y los antagonismos, cada vez más agresivos y tensos.
En esta época atravesada por algoritmos, la bandera celeste y blanca nos habla de personas. En tiempos de aturdimiento, nos habla de principios. En tiempos de incertidumbre, vuelve a señalar un rumbo común. Más de dos siglos después de su creación en las barrancas del Paraná, sigue siendo mucho más que un simple símbolo: es una convocatoria, un punto de encuentro imprescindible para todos los argentinos.
Viajar a 1812
Para comprender mejor este significado hay que hacer un pequeño esfuerzo de imaginación. Cerrar los ojos y viajar más de dos siglos hacia atrás. Imaginar a Manuel Belgrano y al Regimiento Nº 5 avanzando desde Buenos Aires por caminos de tierra, cruzando arroyos y levantando campamentos. Pensar que un trayecto que hoy recorremos en tres horas le demandó más de quince días!
Imaginar también el Rosario que encontró al llegar: menos de mil habitantes, unas pocas manzanas de casas bajas, la capilla de la Virgen del Rosario y la inmensidad del Paraná dominando el paisaje. Ese ejercicio imaginativo permite comprender la magnitud de la gesta. Una historia protagonizada por hombres y mujeres reales, que enfrentaron riesgos reales. Vecinos rosarinos que colaboraron con Belgrano cuando nada garantizaba el éxito de esa aventura. Allí comenzó a flamear una bandera sobre un sueño recién nacido.
Los valores que no envejecen
Quizá la pregunta más importante hoy no sea qué significó aquella bandera en 1812, sino qué significa en nuestro presente. Porque una bandera es mucho más que un pedazo de tela. Es una señal que orienta y que aclara. Recuerda que, más allá de las diferencias, pertenecemos a una misma gran casa en común.
Y pocas figuras históricas encarnan mejor esa idea que Manuel Belgrano. Pensó en la educación como la mejor herramienta de igualación y progreso, en las instituciones republicanas como garantía de un desarrollo previsible, en el conocimiento como motor social y en el servicio público. Predicó valores que puso en práctica con una coherencia excepcional. Murió pobre después de entregar su vida a una causa que consideraba más importante que él mismo. Por eso conserva una vigencia absoluta.
En una época donde sobran las palabras y escasean los ejemplos, donde tantas veces el poder se ejerce como un botín a saquear antes que como un servicio hacia los demás, Belgrano demuestra que el liderazgo es una responsabilidad y que el interés general debe primar siempre, sin excepciones o excusas.
El sueño monumental que unió a Rosario
Rosario mantiene con Belgrano un vínculo muy especial, dado que supo honrar aquella gesta con gran perseverancia. Desde los primeros proyectos de Monumento Nacional a la Bandera en 1870 a 1957, transcurrió casi un siglo de esfuerzo colectivo. Cambiaron los gobiernos, las generaciones y las circunstancias del país. Pero jamás cambió la voluntad de honrar el lugar donde había nacido la bandera.
El Monumento es una obra arquitectónica extraordinaria, qué duda cabe, pero a la vez es la prueba de que una comunidad puede sostener durante generaciones un mismo objetivo. Quienes trabajaron por esa obra sembraron para otros. Esa también es una de las lecciones que dejó Belgrano.
La herencia que recibimos
Cada 20 de junio, la bandera vuelve a ser protagonista junto al río y parece preguntarnos: ¿qué estamos haciendo nosotros con esa herencia que recibimos?
Es imperativo devolverle al Día de la Bandera su espíritu cívico. La bandera está por encima de los gobiernos, de los partidos y de las ideologías. Es el “techo simbólico” que nos ampara a todos. Y precisamente cuando las diferencias se agigantan, indica que existe un bien común superior.
Acaso por eso, más de dos siglos después, la bandera todavía nos llama. Nos llama a la unión. Nos llama a escuchar al que piensa distinto. Nos llama a recuperar la confianza en los valores cívicos que no envejecen, nos llama, en definitiva, a ser dignos de aquello que comenzó a nacer, para siempre, aquí, en Rosario un 27 de febrero de 1812,
Miguel J. Culaciati
para la Revista del Siglo
Junio de 2026











