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Rosario 300 años, siempre cerca

Miguel J. Culaciati
Presidente Valor Rosario

“Una ciudad es mucho más que una simple sumatoria de calles, paredes, edificios, parques y plazas. Es la expresión de un alma colectiva. Es, al mismo tiempo, nuestra historia, la historia de nuestros mayores, nuestro presente y nuestro futuro”.

Esto lo decía Lewis Mumford, sociólogo, urbanista, pero ante todo humanista, quien concebía las ciudades como organismos vivos. La ciudad, pensemos, no es solo un punto en un mapa, ni una simple referencia geográfica, ni el lugar de nuestro nacimiento. La ciudad conforma una trama, un nudo de afectos, memorias y sueños que se van entrelazando y entretejiendo.Así lo comprobamos: la ciudad es, a veces, el eco de una voz querida que escuchamos al caminar por la peatonal Córdoba o el Parque Independencia. Es la vereda o la plaza donde jugábamos de niños hasta que se hacía de noche; es la ventana, la imagen o el momento exacto en que descubrimos nuestro primer amor; y es el lugar al que siempre volvemos y volveremos, aunque a veces nos toque estar lejos.

La ciudad es esa patria íntima e insustituible de la infancia, el escenario de lo que nos fue constituyendo como personas; lo que vivimos, sentimos y tocamos desde el momento de nacer. Y quienes nacimos o vivimos aquí formamos parte de un alma colectiva: la ciudad de Rosario, que este año transita su Tricentenario.

De Capilla humilde a Ciudad abierta

En 1725, el pequeño poblado de la “Capilla del Rosario”, en el antiguo “Pago de los Arroyos”, empezó a tomar forma. Alrededor de la humilde capilla levantada por Domingo Gómez Recio —nieto del primer dueño de estas tierras, Luis Romero de Pineda—, los pioneros pidieron algo fundamental: una autoridad que organizara y defendiera a la comunidad que nacía.Así llegó desde Santa Fe Francisco de Frías, designado alcalde de la Santa Hermandad. Fue la primera autoridad pública de Rosario. Cumplía funciones judiciales, policiales y administrativas, aunque no tenía ni siquiera edificio propio: se lo conocía como un alcalde “ambulante”. Lo reeligieron cinco veces y murió en 1748 en la pobreza, pero dejando encendida la chispa de lo que hoy es nuestra ciudad.

«La ciudad no es solo un punto en un mapa. Conforma una trama, un nudo de afectos, memorias y sueños que se van entrelazando… Es esa patria íntima e insustituible de la infancia»

Esa Villa rural creció muy lentamente hasta llegar a otro hecho bisagra en nuestra historia, cuando por orden del General Justo José de Urquiza, el 5 de agosto de 1852, el gobernador Domingo Crespo firma el reconocimiento de Rosario como ciudad. Digo “reconocimiento” y no “concesión” porque Urquiza no le regaló nada a Rosario. Le reconoció su carácter de ciudad y, sobre todo, sus derechos: el derecho a navegar, el derecho a comerciar, el derecho a crecer en libertad.

El cóctel de vida y la épica cívica

Esos reconocimientos significaron algo parecido a abrir las compuertas de un enorme dique: comenzaron a llegar oleadas de inmigrantes, sobre todo españoles e italianos —estos últimos en especial de la Liguria, Lombardía y Piamonte—, y también de todo el mundo en general. Así se fueron mezclando con los pobladores de la ya “ilustre y fiel villa” para crear un cóctel de vida maravilloso. Un cóctel hecho en base a trabajo, ingenio, creatividad, sentido de pertenencia, filantropía, solidaridad y el deseo de tener un futuro próspero en común.

Creemos y estamos convencidos de que Rosario tiene una historia muy rica y valiosa, demasiado rica como para que se evapore en el olvido. Creemos que esa historia tiene muchísimo para enseñarnos, para aportar a este presente que vivimos. El Tricentenario está demostrando que el rosarino quiere conocer más sobre esa “gran casa en común” que habitamos.

No volvemos a la historia como un acto pasivo, ni como un mero ejercicio melancólico, sino, por el contrario, traemos estas historias al presente con la intención de poner en acción aquellos valores fundacionales para mejorar el hoy con gestos y acciones concretas.

Esta ciudad tiene un ADN que debe enorgullecernos, que puede servirnos siempre como faro o brújula en medio de cualquier crisis, en medio de cualquier tormenta.

Autor/Obra: Eduardo Chiattelo

Rosario, a partir de 1852 y de esos valores, floreció, multiplicando su población en muy cortos períodos: pasó de 3.000 habitantes en 1852 a 23.000 en 1869, a 51.000 en 1887 y a 112.500 en el Censo que realizara el gran Intendente Luis Lamas en 1900. Es decir, en menos de 50 años más de 100.000 personas habían llegado a estas tierras, eligiéndolas para cumplir sus sueños de vida y de prosperidad.Rosario vivió una explosión de desarrollo pocas veces vista en el continente, tanto por su velocidad como por su carácter integral. Porque no fue solo una explosión económica –como el caso de otras ciudades con élites súper enriquecidas y sociedades rezagadas–Rosario creció no solo en lo económico, sino también en lo sanitario, urbanístico, institucional, educativo, cultural y deportivo. Con errores o algún claroscuro, por supuesto. No caemos en idealizaciones ingenuas, pero sí reconocemos una “épica cívica” que merece ser rescatada, recreada en la actualidad y proyectada hacia el futuro.

De Rosario podremos irnos, pero no alejarnos. Porque Rosario se lleva en el cuerpo y en el alma. Como se lleva una raíz. Como se lleva un idioma. Como se lleva también una cicatriz que nos pertenece.No debemos resignarnos a que la vida en comunidad sea reemplazada por la lógica del encierro y la indiferencia. Rosario en su Tricentenario nos llama, como tantas veces en su historia, a volver a compartirla. No como una carga, sino como un compromiso. Porque una ciudad no se defiende solo con palabras y quejas de teclado: se defiende con presencia, con participación, con respeto.

Nos toca, a cada uno de nosotros, hacer nuestra pequeña parte, pues no hay tarea menor cuando la misión es grande. Y no hay misión más noble que cuidar la casa que compartimos.

Hoy, entonces, brindemos por Rosario, por lo que fue, por lo que es y, sobre todo, por lo que juntos podemos construir si tenemos la voluntad, la inteligencia y el coraje de accionar juntos por el bien común.