El mundo del arte despidió el pasado 30 de mayo a Julio Le Parc, uno de los artistas argentinos más importantes y reconocidos a nivel internacional. Falleció en París a los 97 años, ciudad donde vivió desde 1958 y desde la cual revolucionó la manera de entender el arte contemporáneo.
Nacido en Palmira, Mendoza, en 1928, Le Parc llevó el talento argentino a los grandes escenarios del mundo. Fue pionero del arte óptico y cinético, un lenguaje artístico que incorporó la luz, el movimiento y la participación del espectador como elementos fundamentales de la obra. Sus creaciones no solo se observan: se experimentan.
A lo largo de su carrera desafió las estructuras tradicionales del arte. Para él, el espectador no debía ser un observador pasivo, sino una parte activa de la experiencia. Esa visión innovadora lo llevó a convertirse en una figura clave del movimiento cinético y en uno de los fundadores del Groupe de Recherche d’Art Visuel (GRAV), colectivo que exploró nuevas formas de interacción entre el arte y el público.
Su consagración internacional llegó en 1966, cuando recibió el Gran Premio Internacional de Pintura de la Bienal de Venecia, uno de los reconocimientos más prestigiosos del mundo artístico. Sus obras forman parte de las colecciones permanentes de instituciones como el MoMA de Nueva York, el Centre Pompidou de París y la Tate Modern de Londres.
Sin embargo, más allá de los premios y las distinciones, Le Parc deja un legado mucho más profundo. Nos enseñó que el arte puede ser juego, descubrimiento, asombro y participación. Que una obra puede transformarse según quien la mire y que la luz, algo tan cotidiano, puede convertirse en una experiencia poética capaz de emocionar.
Recuerdo especialmente aquella intervención sobre el Obelisco de Buenos Aires durante La Noche de los Museos de 2019. Ver sus imágenes proyectadas sobre uno de los símbolos más emblemáticos del país fue una demostración de cómo el arte puede dialogar con la ciudad, con la gente y con el tiempo.
Como artista, siempre admiré a quienes se atreven a explorar caminos nuevos. Julio Le Parc fue uno de ellos. Nunca dejó de investigar, de cuestionar ni de crear. Su obra nos recuerda que la creatividad no tiene edad y que la curiosidad es una forma de permanecer vivos.
Hoy se apaga una vida, pero permanece encendida una luz inmensa. Esa luz que Julio Le Parc transformó en arte y que seguirá inspirando a generaciones de artistas y espectadores en todo el mundo.






