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La posverdad: el lector de código QR

El siguiente relato está basado en hechos reales, tan reales como sus protagonistas; unos acontecimientos que dibujan el panorama tragicómico de lo que significa intentar moverse, en estos aciagos tiempos de pandemia, sin el código adecuado.

Todo empezó con una llamada de mi amiga Dorit de Berlín, ya hacía mucho tiempo, todo el tiempo pandémico, que no nos veíamos; ella quería viajar a Barcelona. Hablamos sobre el tema: viajes, aviones, mascarillas, vacunas, contagios y un largo etcétera, la decisión estaba tomada. Ella iba a viajar y yo iba a recibir visitas después de más de un año y medio. Increíble.

Con el código QR de las autoridades alemanas para permitirle salir, con sus dos vacunas puestas y su respectivo comprobante QR en el teléfono, más el check in en otro QR en el teléfono, más otros trámites cóvicos marchó feliz y con mucho tiempo al nuevo aeropuerto de Berlín.La felicidad duró poco, la nueva normalidad volvió mostrar su cara en forma del insaciable lector de códigos y no tardaron en aparecer los problemas: la simpática señorita que atendió a mi amiga para despachar la maleta de cabina, ya nada se puede llevar sin pagar, le pidió la autorización de las autoridades españolas para entrar a España; ese QR no lo había gestionado.

Para gestionar dicha autorización tuvo que entrar en una web con su obsoleto celular y rellenar un enorme formulario, al terminar e intentar mandar la petición de autorización la web le pide cuarenta y nueve euros por el trámite. Dorit, ya mirando el reloj con cierta preocupación se dirigió a la señorita del mostrador para preguntar si eso era lo normal a lo que la señorita respondió que no y  muy amablemente buscó en su teléfono la web adecuada y el formulario que tocaba rellenar: otro larguísimo sinfín de preguntas íntimas e intimidatorias que había que enviar por email y esperar la respuesta; después de una tensa espera llegó el código QR que faltaba.

Ahora sólo quedaba llegar hasta la puerta de embarque, que en el nuevo aeropuerto berlinés estaba muy alejada, para lo que había que pasar antes el control de seguridad, y sí, volvió a suceder, la pararon apenas pasar el control y la revisaron íntegra, seguro confundieron su expresión de desesperación por tanto formulario con la expresión de quien está traficando con códigos QR, la cuestión que la revisaron hasta por dentro de las zapatillas, pero fue justamente gracias a sus cómodas zapatillas y a su buen estado físico que llegó justo a tiempo para embarcar.

Una vez en el asiento se dio cuenta que no había podido comprarse un agua ni nada para comer y que llevaba ya muchas horas sin beber ni comer absolutamente nada hartándose de llenar formularios, pero pensó: “ahora pasará el carrito y me tomaré una coca cola con esos cacahuates tan ricos que suelen vender en los aviones”.Pobre, ingenuamente pensó que algo resultaría fácil en plena posverdad.

Cuando pasó la azafata no tan simpática con el carrito, mi amiga que ya estaba en un preocupante estado de inanición le pidió una coca cola y los cacahuetes con el hijo de voz que le quedaba, pero, sí, no hay descanso y al intentar pagar con billetes le dicen que no se aceptan por el covid: “hay que pagar con tarjeta señorita”; y si, otra vez la nueva realidad, no funcionó la tarjeta o el lector de barras, a saber.

Sin su coca cola ni sus cacahuetes mi amiga ya desfalleciente, pidió un vaso de agua que nunca llegó a destino. Esta vez no hubo QR que valga. Ni siquiera la esperanza de llenar algún formulario. Nada.

Finalmente, mi amiga llegó a Barcelona y tal como habíamos quedado me avisó desde el aerobús para ir recogerla a plaza Catalunya. Yo estaba feliz esperando, pero algo me inquietó de su llamada, me hizo una extraña demanda: “traéme un vaso de agua por favor, ya te lo explicaré todo”.

Después de dos días de divinas charlas mi amiga ya está hidratada y bien alimentada, aunque le está saliendo un sarpullido extraño en la frente, son como cuadraditos negros alineados geométricamente, muy parecido a un código QR y de vez en cuando se queda un poco ausente y susurra algo así como: “no, ese no lo tengo, perdóneme”.

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