Por Diego Sueiras
Edición periodística: Miguel Culaciati
Esta semana Rosario despidió a Horacio Usandizaga. Pero hablar de “despedida” es apenas una forma de nombrar algo más profundo: el momento en que una persona empieza a vivir definitivamente en la memoria colectiva. En lo que dejó. En lo que enseñó. En lo que marcó.
Para algunas culturas existe un concepto —bardo— que nombra el tránsito del alma entre una vida y otra. Para quienes lo conocimos, la certeza es más simple y más cercana: Horacio Usandizaga empieza ahora a vivir en los otros. En sus historias, en sus consejos, en sus silencios. En sus broncas memorables y en sus gestos sin cálculo. Así se construye una memoria que no se apaga.
Fue un hombre de una energía avasallante, poco común. Muchos lo describían como alguien de carácter fuerte; quienes lo tratamos de cerca sabíamos que se trataba, más bien, de un caudal desbordante de energía puesto al servicio de hacer. De decidir. De ejecutar.
Sobre ese rasgo, Diego Sueiras aporta una mirada que desmonta uno de los lugares comunes más repetidos sobre «el Vasco»:
“Muchas veces escuché decir que Horacio era un ‘vasco bruto’ y que de ahí provenía su carácter fuerte. Nada más alejado de la realidad. Fue un estudiante brillante en el secundario, obtuvo varias distinciones y terminó la carrera de Derecho en poco más de tres años. Hoy diríamos, sin exagerar, que era un ‘bocho’, algo así como un nerd.”
“Fui testigo de cómo se le acercaban materiales complejos y voluminosos sobre temas profundos. Los leía con una rapidez asombrosa, con una lectura diagonal, y enseguida podía analizarlos y sostener un debate con fundamentos. Lo que hoy muchos resuelven con inteligencia artificial, Horacio lo hacía a escala humana, con una brillantez poco común.”
“Y esa excepcionalidad también se daba en los números. Cada mañana, a las 7:25, izaba la bandera y luego recibía los informes financieros del municipio. Los comprendía de inmediato, los analizaba y tenía bajo control. Recuerdo el asombro de un secretario al ver cómo retenía hasta el más mínimo detalle y cómo se empeñaba en reducir gastos innecesarios para destinarlos a obras públicas y mejoras para la ciudad.”
Esa energía y esa capacidad definieron su intendencia (1983–1989), la primera de la recuperación democrática. Rosario venía de años difíciles y Usandizaga gobernó con la convicción de que la ciudad debía volver a ponerse de pie, mirando hacia adelante, sin pedir permiso.
Un artista supo captar mejor que nadie ese clima. Cuando en los años 80 se proyectó el Patio de la Madera, un grupo de arquitectos buscaba una obra que representara el espíritu de la ciudad. Pérez Celis aceptó el desafío y creó la escultura que hoy sigue allí, con forma de ave o de nave, y un nombre que terminó siendo una definición política: “Presencia Transformadora”.
No era rosarino, pero entendió lo que pasaba en Rosario en tiempos de Usandizaga. El intendente logró que el artista donara sus honorarios y que empresas locales aportaran materiales y pintura. Todo ese gesto colectivo condensaba una idea: una ciudad que se animaba a transformarse.
Ese empuje venía de lejos. Usandizaga contaba con la misma luz en los ojos historias de su infancia en J. B. Molina, de su padre Manolo, de aquel viaje en tren para ver su primer partido de fútbol en la Bombonera —Boca contra Rosario Central— o de su hermano Pocho, con quien compartió el estudio jurídico de calle Dorrego, un trabajo del que estaban profundamente orgullosos y al que siempre quiso volver.
La muerte temprana de su hermano lo afectó profundamente. Como lo marcaron, en sentido luminoso, sus hijos. Hablaba de Marisol y María Ángeles —ambas en el Poder Judicial— con orgullo. Y, por supuesto, de Manuel. En uno de sus últimos debates públicos, contra todo consejo político, leyó una carta que su hijo le había escrito. Fue un gesto íntimo y político a la vez: una forma de decir que no todo vale, que la política no puede devorarse los vínculos esenciales. En los últimos días también había sufrido la dolorosa pérdida de su hermana Cristina, cuestión que lo afectó profundamente.
Ese mismo Horacio era el que en el Senado hacía sonar fuerte su voz, el que se impacientaba con los tiempos lentos del Parlamento y denunciaba sin rodeos cuando entendía que algo estaba mal. Lo hizo en uno de los momentos más oscuros de la democracia reciente, cuando estalló la denuncia por las coimas en el Senado durante la reforma laboral del presidente De la Rúa. Usandizaga denunció sin especular. Y no solo se lo respetó: también se lo temió. Porque donde hay convicciones, la corrupción retrocede.
Diego Sueiras recuerda esos momentos de desgaste y resistencia:
“Con Horacio atravesábamos discusiones y momentos difíciles en el Senado. Y muchas veces nos cruzábamos de una cámara a la otra para conversar con René Balestra, un amigo querido, con otra mirada de la política, pero siempre tan lúcido e intelectualmente brillante. Esas charlas, esas cenas compartidas, nos ayudaban a seguir.”
“En una de esas conversaciones apareció la frase tan conocida y popular: ‘cuando uno entra a la política, tira la honra a los perros’. Ninguno de los tres se sentía cómodo con esa idea, porque implicaba resignar las banderas éticas en las que creíamos. Entonces decidimos reformularla: al entrar en política, uno puede tirar la honra a los perros, pero Horacio, con su lucha y sus principios, logró romperles los dientes a esos perros”.
Nunca dejó de ser un hombre común. Viajaba en colectivo, hacía la cola para pagar los impuestos, compraba en el almacén, manejaba su propio auto. Escuchaba. No quería vivir en una burbuja. La política, para él, no tenía sentido si se alejaba de la gente.
Su forma de entender la vida pública puede pensarse como un triángulo difícil de sostener: conocimiento del poder, vocación transformadora y fidelidad a los principios. Muchos entendieron solo dos vértices. Él insistió siempre en los tres. Sabía cuándo podía ganar y cuándo perder, pero nunca aceptó negociar valores para llegar más alto. Como decía Yrigoyen, prefería que se perdieran cien gobiernos, pero que se salven los principios.
Tal vez por eso no llegó más lejos. O tal vez por eso llegó exactamente donde debía llegar.
Un taxista lo resumió sin saberlo, camino al velorio: “Si mi padre estuviera vivo, estaría acá. Fue una gran persona. Despídalo bien”.
Eso es lo que queda. Un gran intendente. Un constructor, un gran administrador. Un hombre honesto. Un vasco cabezadura, bonachón y ejecutivo, que gobernó Rosario con decisión, coraje y pasión.
Enero de 2026
















