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El Gran Hotel La Cumbre, tradición, elegancia y paisaje

Por Miguel J. Culaciati

Llegar a La Cumbre y encontrarse con la imponente silueta del Gran Hotel es como descubrir un palacio alpino detenido en el tiempo.

Su estilo, su escala y su única presencia marcan la diferencia.En cada rincón resuena la huella de su autor, el brillante ingeniero italiano Alula Baldasarini, responsable de las obras más bellas y admiradas de la Belle Époque marplatense.*

Pero este hotel no es solo una joya arquitectónica: es también una caja de resonancia de leyendas y sueños.La historia de su construcción —iniciada con esfuerzo y visión— estuvo marcada por desafíos que casi la frustran. Remate del Banco Hipotecario, teórica intervención de Juan Duarte, hermano de Eva Perón (como en el caso del Hotel Edén de La Falda), e incluso de una torre panorámica proyectada pero nunca concretada, donde iba a funcionar un restaurante de lujo.Esa torre, que figura en los planos originales, es uno de los tantos “y si…” que envuelven su historia con un halo de misterio.

En sus sótanos, funcionó el elegante casino inaugurado en 1971, concebido más como un ámbito de sociabilidad y distinción que como sala de juegos. Y en sus muros, aún resuenan los ecos de un tesoro oculto: los frescos del artista italiano Guillermo Cantalamessa**, cuya obra también descubrimos en el catálogo del Museo Castagnino de Rosario. Una pieza más de la riqueza cultural que late en este lugar único.Finalmente, en octubre de 1969, el hotel abrió sus puertas al público con 45 habitaciones con baño privado, cine-teatro, sala de conciertos, calefacción central y un nivel de servicio internacional para la época.Rápidamente se ganó un lugar de privilegio en el imaginario de generaciones que lo vieron como un destino glamoroso, el escenario ideal para celebraciones, lunas de miel, escapadas románticas o encuentros memorables.

Hoy, el Gran Hotel La Cumbre sigue de pie con toda dignidad y calidez. Sus habitaciones amplias —muchas con balcones que regalan vistas increíbles al atardecer—, sus salones majestuosos, su estilo singular y, sobre todo, la atención cordial de Jimena, de los propietarios y del personal, hacen que la estadía sea inmejorable.En tiempos donde lo auténtico y lo bello escasean, este hotel nos recuerda que todavía es posible alojarse en una obra de arte viva, cargada de memoria, serenidad y elegancia.Una experiencia para quienes buscan algo más que descanso: un contacto con la historia, con la armonía del paisaje y con el alma de una época que no ha perdido su encanto.

La posibilidad de vivir hoy la elegancia de otros tiempos…

Miguel Culaciati / Julio 2025