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Lo vedado

Intentaré dar un esfuerzo enorme en la dimensión de esta carta para tratar de dejar bien en claro los deseos más íntimos que me fueron descubiertos en este tiempo. Siempre has sabido que fui y soy un tipo exagerado en su privacidad; entenderías fácilmente, quitando las ganas de tener que mencionarlo, que si escribo esto entre líneas es porque aquello que tengo para contar no es un simple palabrerío. Esto sea, quizás, un estacazo en tu rojo corazón. Pero tengo ganas de estallar como mil cohetes en el aire al máximo nivel de altura que puedan alcanzar los cohetes.

¿Y si no logro estallar con vos, con quien compartí los placeres más grandes de mi vida pasada, con quien entonces? ¿Con mis padres, que si no fuera por las fechas de los diarios y las revistas no se enterarían que transcurre el siglo XXI? No. De ninguna manera. Si alguien merece esto sos vos. Es decir, yo merezco la situación, yo merezco que mi propio cuerpo me exija esto, este cambio tan bello y crucial, podríamos decir; pero vos mereces la única explicación de por qué esto está sucediendo. Por qué ahora y por qué de esta manera. Y créeme que, recalcando, el esfuerzo que estoy haciendo para poner esto en palabras no entiende de medidas. Y es que tengo miedo, tengo miedo de que transformes en inentendible algo entendible. Que yo no logre darle la condición de explicable a algo que no sé ni cómo explicar.

Me gustan los hombres. No ha sido así desde siempre. No entiendo por qué ahora, pero supongo que no es menester aclarar que estos sentimientos exceden cualquier medida temporal. No en vano, y por el contrario, si puedo reconocer de donde viene este deseo y esta orientación elegida ahora a conciencia. De verdad, no me es difícil. Tampoco me sale pensar una respuesta tan extrovertida, y es que no la hay. No lo veo como algo tan diferente a cualquier otra elección, donde siempre se debe escoger entre A o B. Aceptarlo fue un proceso mental muy largo, pero ya lo sabes, no me interesa hacer una reseña histórica sobre la sociedad y sus disimiles contextos históricos. Quiero hablar de mí. Yo nunca puse en duda que me gustaba el cuerpo del hombre. Aún recuerdo aquel subidón de adrenalina que sentí cuando en el vestuario con el equipo universitario de hándbol hace 15 años atrás, en un torneo interprovincial en San Lorenzo, las toallas caían, dejaban ver el color rosáceo de los muslos y yo me sentía prohibido. Así. Como si el bien y el mal se cagaran a trompadas dentro de mí, haciéndome sentir anómalo, con un aroma extraño, diferente a esa naturalidad con la que el resto afrontaba todo el ritual del baño compartido. Era muy adolescente y me encerré a llorar en un cubículo. A la semana siguiente le tuve que decir a mi padre que había dejado el equipo por un conflicto con el entrenador. Que no, que no insista, que no quería saber nada con el equipo.

Más tarde te cruzaste en mi camino. Yo seguía nockeado. No lograba entender esa idea prematura que jamás se me había avispado con las mujeres, sin importar cuanto me hayas deleitado con tu cuerpo desnudo, nunca logré sentir ese bienestar de aquel vestuario, lejos de la prohibición que lo acompañaba. Aquella idea e imagen de tu cuerpo despojado de sus ropas fue la más forzada en mi retina. No hay nada prohibido que yo sienta con todo lo tuyo, y con las de tus pares. Hermosas en comprensión y ternura, pero muy distantes de agasajar mi erotismo y sexualidad, de coagular la sangre en alguna erección divina, de compartir ese néctar, ese jugo mutuo y exquisito.

No puedo continuar haciéndote daño, dejándote con la impresión constante de alguien que no soy, de alguien que estoy terminando de enterrar acá con vos. Me encontraste de igual manera que yo te encontré, y el tiempo que vivimos juntos fue muy placentero, solo que yo estaba luchando con aquello ilícito y clandestino, mientras a vos siempre te fue natural mirarte al espejo y apaciguar cualquier duda con una aceptación o peinándote el pelo. Todo aquello que creías compartir con alguien que amabas lo hacías teniendo la seguridad de que te encontrabas en lo correcto, como si se tratase de una ecuación matemática. Ahí donde vos entendías que dos más dos es igual a cuatro, en mi cabeza acontecía una guerra geométrica.

Espero que sepas entenderme, amor mío, espero que comprendas ahora por qué me gustaba compartir tantas cosas cotidianas con vos sin tener que prohibirte, ni si quiera con la mirada. Perdón por no poder prohibirte y sonrojarme, perdón por excitarme camufladamente, por haberte esquivado tanto las charlas sobre el embarazo. Espero volver a verte pronto, esta vez pudiendo admirarte sin que me exijas involuntariamente en la intimidad algo que no está dentro mío. Gracias por todo, en especial por marcar y ser parte de este camino. Gracias por las incontables veces, de verdad incontables, donde me has ensañado a transgredir.

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