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La partida de los padres. Ser huérfano

Ausencia, memoria y persistencia del amor

Por Miguel J. Culaciati

Habitualmente los diccionarios definen la orfandad como la condición o el estado del huérfano. Y define al huérfano como la persona que ha perdido a alguno de sus padres o también como alguien “falto de algo, especialmente de amparo.”

La definición es técnicamente correcta, pero hay palabras que cuando se las encarna, cuando se las baja a la vida cotidiana, empiezan a significar mucho más de lo que describe un simple diccionario o academia.

Hace siete días comenzó su vuelo eterno mi madre, Graciela.
Y desde ese momento, desde ese quiebre, da vueltas por mi cabeza y por mi inundado corazón la palabra orfandad. No solamente porque a los sesenta y un años acabo de perder al último de mis padres, sino porque empiezo a comprender que uno en estos casos no queda solamente huérfano de una persona. Queda huérfano de todo un universo. Huérfano en mi caso de esa luz nutriente e invicta que de ella emanaba.

Porque no es posible ser huérfano de la nada. Para que exista y se sienta una verdadera orfandad, como este naufragio que me habita, tiene que haber existido antes una historia, un amor, un sentir intenso…

Si no hubo amor, no habrá orfandad de amor. Si no hubo valores, no habrá orfandad de valores. Si no hubo una huella, una travesía compartida, no habrá de qué quedar huérfano. Podrá haber en todo caso una ausencia, una pérdida, una muerte más. Pero una verdadera orfandad deriva necesariamente de un legado.Por eso la orfandad es también claramente una medida. Su tamaño revelará la riqueza de aquello que tuvimos. En mi caso a partir del primero de septiembre soy huérfano de mi madre, ése es el dato objetivo, pero soy, sobre todo, huérfano de los apogeos y enseñanzas que solo ella podía ofrendarme.

Soy huérfano de su don de gente. De su carácter compasivo. De su delicadeza. De su dulzura. De su sonrisa. De una manera especial de ser y sentir.

Soy huérfano también de su ética.

Mi madre tuvo muchas razones en la vida para endurecerse. Muchas razones para sentirse herida, traicionada. La vida le brindó variados argumentos para el resentimiento, para la revancha, para caer en ese barro… Sin embargo, nunca se trepó a ningún odio.

Nunca hizo del rencor una forma de vida.

***

Al partir la mayoría de las personas dejan casas, bienes, objetos, cuentas bancarias. Pero son muy pocas las que marcan un camino, un horizonte a través de su forma de ser, de sus gestos y acciones. Ésa es una herencia mucho más rara, imposible de tasar. No consta en ninguna escritura, en ningún testamento, no se puede inventariar ni guardar en una caja de seguridad…

La vida y ejemplo de esos héroes y heroínas, mayoritariamente anónimos, los “justos” como los llamaba Jorge Luis Borges, no se puede comprar de oferta en un shopping, ni en doce cuotas en un supermercado chino.

A medida que pasan los días y el dolor se va asentando siento que esta orfandad tiene conexión con lo perdido, claro está, pero también con todo lo recibido antes de perderlo y con el modo en que lo voy a llevar de ahora en más.

Es doloroso confirmar, después de años, la intuición de que aquello que creía cotidiano era en realidad único y extraordinario. Sucede que la presencia de una madre puede volverse invisible de tan habitual.

Su voz. Su manera de llamarme. Sus gestos. Sus pequeñas preocupaciones. Sus historias repetidas. Su manera única de actuar y contemplar. Hasta sus silencios. Todo eso un día deja de suceder.

Entonces nos damos cuenta de que esos mínimos detalles y destellos del día a día no
eran tan pequeños. Eran una zona luminosa y fundamental de nuestra vida.

***

He perdido antes a personas que amé. Perdí a mis abuelos cuando era chico. Perdí a mi padrastro, el querido Amílcar, a un hermanito, Juan Pedro, a sus 5 años, a mi padre a los cincuenta y cinco, en aquel accidente camino a Bariloche. Pero esta vez es diferente. Quizás porque ahora se fue la última persona que podía mirarme desde el inicio.

A cierta edad, la orfandad tiene una dimensión distinta. Cuando uno es chico, perder a un padre significa perder protección, amparo, referencia… Ya adultos, perder al último padre puede significar perder también al último testigo de nuestra infancia.

Se va alguien que recuerda cosas que ya nadie más recordará. Alguien que conoció a nuestros abuelos y bisabuelos, a aquellos que nos precedieron… Por eso jamás me arrepentiré de tantas charlas, de tantos paseos, de tanto tiempo compartido.

De pronto ya no queda nadie a quien preguntarle cómo éramos cuando éramos chicos ni nadie que pueda decirnos: “yo me acuerdo …” de tal o cual historia íntima que, al fin, son las que más importan.

Ya no podemos preguntar. Tenemos que recordar.

Ya no podemos escuchar. Tenemos que reconocer su voz en lo que hacemos y vivimos.

Ya no podemos mirar a esa persona a los ojos.
Tenemos que aprender a mirarnos en lo que ella nos dejó.

Y ahí aparece una paradoja. Estoy inmensamente triste.

Pero también profundamente agradecido. Mucho dolor y mucha fortuna a la vez.

Porque solamente puede doler de esta manera aquello que fue verdaderamente valioso.

El dolor de la pérdida es también la prueba de la riqueza de la presencia.

Por eso no quiero pensar solamente que mi madre ya no está. Quiero pensar también en todo aquello que gracias a ella permanece, suspendido en el tiempo, como una luz tibia. Está su compasión. Está su austeridad. Está su delicadeza. Está su manera de no alimentar el odio. Está, quizás, una parte de mí que no habría sido posible sin ella.

Tendré que aprender a transitar los días sin su compañía y también aprender a vivir con esas banderas que me dejó, tratando de honrarlas. Tal vez ese sea el verdadero desafío.

Mi madre acaba de irse a volar alto por sus cielos australes, con sus pájaros, flores,
pinceles y colores amados.

Y yo, poco a poco, comprendo que su partida no extingue su presencia.
Queda su luz, su perfume, y la belleza que sembró a su paso, que ahora me toca cuidar
a mí . Como a su jardín.

Madre… te voy a extrañar inmensamente, feliz vuelo.

Y, a quienes la conocieron, por favor no la olviden.

Miguel Culaciati
8 de Septiembre 2026